Un amor especial

“Con esas orejas vas a tener que estudiar mucho para poder casarte”, fue el consejo realista que Kenzaburō recibió de su propia madre. Después, la vida le depararía algunos momentos importantes.


A los 25 se casó con Yukari Itami, el amor de su vida. Tres años más tarde, en 1963, esperaban su primer hijo, cuando todo se complica. El bebé nace con una hidrocefalia severa y hay que extirparle un bulto enorme adherido a su cráneo. La operación es a vida o muerte. El pequeño Hikari sobrevive, pero con secuelas irreversibles: discapacidad intelectual, ceguera parcial, epilepsia y autismo. Por aquel entonces, Kenzaburō hace un viaje a Hiroshima, al mismo epicentro del horror, donde para su sorpresa, es la gente de allí la que acaba animándole a él, y no al revés.

El niño no habla, no se comunica, no tiene interés por nada, apenas se mueve; Yukari y Kenzaburō analizan cada gesto, cada expresión, buscan algo, una señal… “Es una especie de flor preciosa”, así lo definían sus padres.

Un día, descubren que el niño reacciona levemente al escuchar cantar a los pájaros, por ello, le traen un montón de discos de trinos donde se escucha el sonido de un ave al tiempo que una locutora dice el nombre a continuación. Hikari se entusiasma.

Meses después, estando de vacaciones, Kenzaburō sale a pasear con su hijo. En el campo escuchan un gorjeo, -Rascón- dice Hikari y efectivamente, lo es, un rallus aquaticus; su padre no da crédito,  es la primera vez que se comunica de forma verbal; es capaz de reconocer y de imitar a cualquier pájaro. A partir de entonces, todos los días juega con sus padres a este juego de adivinanzas en el que es imbatible, hasta que, un día, descubre la música clásica.

A los 11 años empieza a recibir lecciones de piano como parte de su terapia. Carece de coordinación física, toca con gran dificultad, sin embargo se concentra al máximo. Kumiko, su abnegada profesora, lo desafía a improvisar. Le pide que apunte en una partitura lo que vaya tocando por su cuenta.

Pasado el tiempo, Hikari le trae algo escrito y la maestra lo toca, sonríe e imagina que es una transcripción de Mozart o Chopin, pero no, es suyo, es una composición propia. El joven silencioso ha abierto su alma a través de la música. Empieza a ser un adulto capaz de expresarse y de aprender otros conceptos relacionándolos con la música (os dejo una de sus piezas).

Una respuesta a “Un amor especial”

  1. Una historia conmovedora de superación y sensibilidad. Todo un ejemplo. Hay personas que nos reconcilian con el género humano. ¡Gracias!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *